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jueves, 25 de septiembre de 2014

Educar y la búsqueda de sentido


Ignacio Calderón Almendros, Profesor de Teoría de la Educación de la Universidad de Málaga
Article / 21 de març de 2014
Una niña acaba de iniciar la educación infantil. Al principio entra desconcertada, tratando de encajar una nueva situación lejos de la red de protección de la familia y sus significados. En breve se da cuenta de que puede ir cada día a la escuela para vivir, para compartir experiencias con sus amigos y amigas, para divertirse.

Los aprendizajes nacen y crecen libremente, directamente unidos al resto de sus aprendizajes vitales, porque en nada se diferencian: la escuela y su contexto de pertenencia generan estímulos similares para la construcción de significados, puesto que se elaboran a partir de la experiencia. Lo que aprende en casa sirve para cuestionar lo que aprende en la escuela y viceversa. Todo tiene sentido: educar implica generar contextos en los que los niños y las niñas pueden desarrollarse haciéndose preguntas y generando respuestas en el proyecto vital. Es ella la que se hace las preguntas, y quien con la ayuda de los adultos y el resto de compañeros y compañeras genera las nuevas construcciones. La escuela contribuye así a que la persona, el niño o la niña, avance en la búsqueda de sentido para su vida, su experiencia y para la realidad que le rodea.
Un docente inicia su trayectoria profesional. Cuando comienza a prepararse para ello, la intención es la de contribuir a que los chicos y chicas a su cargo aprendan, lo que significa encontrar nuevas preguntas y respuestas a esas preguntas. Necesita conocer a su alumnado, saber sus necesidades e intereses, y tratar de ofrecer los estímulos necesarios para que sus intervenciones propicien el desarrollo del alumnado. Será conveniente que se adecue a sus necesidades, a la realidad que tiene delante, con sus fortalezas y debilidades. Por ello necesita preguntarse continuamente: ¿qué necesita este alumno o esta alumna y en qué puedo yo contribuir a que lo consiga? Esta perspectiva nos permite a los docentes construir un proyecto pedagógico que ofrece un sentido educativo a nuestra labor profesional. Es decir, el trabajo aporta a nuestra vida un sentido, en la medida en que somos nosotros los que evaluamos, diseñamos y desarrollamos un proyecto pedagógico. Esto nos devuelve a la búsqueda de sentido de nuestro quehacer diario, en un contexto que se convierte así en un espacio de vida y relación.
Sin embargo, a menudo es la realidad institucional la que hace que la actividad que vertebra la vida en las aulas –la de esa niña y ese docente– se vaya distanciando paulatinamente de esta dinámica de construcción de sentido. El profesorado se ve superado por la ingente cantidad de demandas que la administración, la sociedad en general, la institución, los compañeros, las familias y el alumnado le hacen en torno a su actividad. Pero de todas ellas, hay algunas que finalmente son las que hegemonizan las actuaciones, por contar con la legitimidad de la tradición y el poder de la norma. Todas ellas, como un todo uniforme, van aniquilando la creatividad en el proceso de construcción de sentido en la actividad docente, que se pliega a los protocolos estandarizados de las editoriales, y con ello a las demandas e intereses de una sociedad de mercado. Se va perdiendo, así, el sentido de educar y educarse, en la medida en que son otros quienes deciden qué, cómo y cuándo se ha de aprender aquello que se trabaja comúnmente en la escuelas. ¿Qué estoy haciendo?, nos preguntamos los docentes; ¿Para qué me sirve esto?, se pregunta el alumnado. Y pasamos, sin darnos cuenta, a asentar nuestra tarea en el control de la productividad de nuestro alumnado en lugar de liberar y alimentar sus posibilidades educativas. Educar es necesariamente abrir las mentes de los niños y las niñas a la vida, pero en este proceso nos tornamos en uno de los mayores impedimentos para que lo hagan. Les negamos y nos negamos la vida.
Hace tiempo que el proyecto homogeneizador de la escuela nos tiene perturbados. Todos los niños y las niñas han de aprender lo mismo, al mismo tiempo y de la misma forma, y los docentes hemos de seguir los protocolos estandarizados que de igual forma realizamos en contextos muy dispares. Las políticas públicas de educación en la última década están muy condicionadas por los estándares que desde pruebas, materiales y organismos internacionales se están imponiendo como verdad absoluta. Pero esto aniquila el proyecto autónomo de búsqueda de sentido que todos los componentes de la comunidad educativa queremos y podemos generar. Proyectos personales y colectivos que urge engarzar de manera participativa para satisfacer las verdaderas demandas de una escuela para todos y todas.
Necesitamos construir sentido desde la comunidad, porque todas las personas tenemos y carecemos algo. Pero todas, en la medida en que no deleguemos nuestra responsabilidad moral en terceros, podemos contribuir a que la escuela sea un espacio de confrontación, liberación y colaboración que, cuestionando las ideas y prácticas que nos han llevado hasta la actual crisis, contribuya a ofrecer una lógica más humana a la vida que compartimos en ella.

FUENTE: http://www.edu21.cat/

sábado, 6 de octubre de 2012

La inclusión social y educativa en los Trastornos del Espectro del Autismo

 
“[…] las escuelas deben acoger a todos los niños, independientemente de sus condiciones físicas, intelectuales, sociales, emocionales, lingüísticas u otras [… ]la experiencia nos ha demostrado que se puede reducir el número de fracasos y de repetidores [y que] puede servir para evitar el desperdicio de recursos y la destrucción de esperanzas, consecuencias frecuentes de la mala calidad de la enseñanza y de la mentalidad de que ‘la que sirve para uno sirve para todos’” (Declaración de Salamanca 1994)


Foto: Gabriella Fabbri
 
 
Este aspecto está en la mesa de debate de forma sostenida, aunque los avances que se consiguen son extremadamente tibios, puntuales, casi experimentales. La realidad nos dice que las personas con un Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) son segregadas y excluidas del sistema social casi por norma y por extensión también lo son sus familias. Esta problemática es una triste actualidad, y no parece conseguir el calado suficiente en los organismos responsables de su solución. Sin embargo, en otras discapacidades se han obtenido grandes avances, ¿por qué esto no es así en los TEA?
Desde que en los años 90 se inició el impulso de la inclusión educativa hasta el día de hoy ha llovido mucho, grandes especialistas han trabajado duro para dar pautas, modelos y sistemas -todos ellos posibles- para que la educación dé el salto final hacia un concepto de sociedad inclusiva, donde haya lugar para TODOS. Pero a pesar de esta gran profusión de protocolos, modelos, prácticas,…, no se ha convertido en un modelo a seguir. Las excusas son múltiples, pero las mismas no sirven más que para alargar una situación que es cómoda para muchos y terrible para unos “pocos”. Porque así parece entenderse la situación, que este problema afecta a unos pocos, y este es uno de los aspectos terribles del dogma que corre por los pasillos de parlamentos de diferentes gobiernos. Lo que parecen no advertir estos gobernantes es que esta perpetuación de un modelo de exclusión es algo bastante peligroso.
Pero centrándome en los aspectos más específicos de los Trastornos del Espectro del Autismo intentaré desgranar de forma sencilla (y con el gran riesgo de incurrir en generalizaciones) los aspectos más obvios de este terrible problema. En los TEA hay muchas especificidades, aunque la base genérica sea muy similar para todos, luego la realidad nos dice que cada persona es un mundo.
Estar socialmente incluido implica ser aceptado por el grupo mayoritario y convivir con cierto nivel de armonía con nuestros congéneres, usando una serie de acuerdos sociales establecidos, compartiendo modelos de actuación, aunque en determinados aspectos ciertas rarezas puedan ser -paradójicamente- una forma de superintegración inversa, es decir, que una rareza determinada acabe generando una tendencia social, esto es habitual verlo en el mundo de la música, por poner un ejemplo. Donde una estrella musical genera una tendencia social a diferentes niveles. Pero en cualquier caso existe un modelo de transmisión de comunicación de doble vía que conlleva que se den estas nuevas tendencias. No es así en el Autismo o Asperger, este es el caballo de batalla, la comunicación adecuada con el entorno y por tanto la inclusión natural en el mismo.
La inclusión educativa pretende ser un modelo donde hay que modificar el sistema escolar para que responda a las necesidades de todos los alumnos, en vez de que sean los alumnos quienes deban adaptarse al sistema. Así dicho parece fantástico. Ahora bien, este concepto ha sufrido una metamorfosis para adecuarlo a intereses particulares ¿Y qué es hoy la inclusión educativa? Pues para un niño o niña con autismo es sencillamente acudir a un colegio ordinario donde en mayor o menor medida se habrán dotado de unos medios humanos y materiales, a veces serán muchos a veces ninguno. Esta metamorfosis del modelo original también habría de alcanzar a la propia palabra, en vez de Inclusión habría que hablar de Incrustación, porque eso es lo que se hace, se incrusta al niño en el medio y buena suerte. Está obligado a sobrevivir en un entorno hostil, y es que un colegio es un ambiente hostil, claro que esta hostilidad del medio variará en función de los instrumentos y habilidades del niño o niña ¿Conocen a alguien que no le hayan pegado en el colegio? Yo no. Distinto es que esta hostilidad social sea básica y fundamental para un desarrollo correcto del niño, donde la hostilidad del ambiente (no tenemos a mamá o a papá a nuestro lado para ayudarnos) forma parte también del proceso de educación. Pero el niño con Autismo o Asperger no tiene esa capacidad innata para ser empático, adaptativo, social y por tanto hay que ayudarle.
En los TEA todo es específico, individual y personal -¿paradójico no creen?-, pretendemos normalizar la vida del niño para adecuarla a su entorno aunque todo el trabajo que hay que llevar a cabo debe ser específico e individual. Y esto nos lleva a los instrumentos que el niño requiere para poder afrontar este gran paso en su vida, un paso destinado a modelar el crecimiento social de la persona. Y aquí volvemos nuevamente a la individualidad necesaria para vivir en pluralidad. En repetidas ocasiones he insistido en la importancia que tiene diferenciar los aspectos socio-sanitarios (Terapias) de los socio-educativos (Escolarización), a mi modo de ver no son lo mismo, aunque tampoco pretendo establecer un dogma sobre este particular. No podemos pretender que un niño con Autismo que tenga un bajo nivel de comunicación, de respuesta social, o de interacción con sus pares, se incluya socialmente en el colegio si no hay una respuesta positiva del grupo social mayoritario. Debe haber un esfuerzo de ambas partes para conseguir establecer el marco social válido que genere esta conexión entre el niño con TEA y sus compañeros de colegio. Por ejemplo, veamos un caso inventado. Tomemos como ejemplo a Manuel, un niño de 7 años con Autismo y un bajo nivel de comunicación, con estereotipias, intereses restringidos, con problemas sensoriales (los ruidos los ponen muy nervioso) y lo dejamos a solas en el patio con 20 niños de su misma edad y que comparten aula con Manuel. Lo normal es que en menos que canta un gallo nuestro Manuel esté totalmente solo en alguna parte del patio del colegio ensimismado en algo que el guste (Seguir las lineas de la valla del patio, mover tiras de plástico en el aire, jugar con el agua, o lo que ustedes prefieran) mientras el resto de sus compañeros se lo estarán pasando en grande jugando al fútbol, al pilla pilla o a lo que sea. Porque no se olviden, donde un niño socializa en el colegio no es el aula, es el patio, el peor lugar del mundo para socializar es el aula de un colegio, donde debemos estar sentados, callados y prestando atención.
Bien el ejemplo de Manuel es algo así como el pan nuestro de cada día, Manuel está en Inclusión (Incrustación) Educativa, pero en realidad podía estar sentado en el comedor de su casa, el efecto iba a ser el mismo. Ni aprende ni avanza. Es más, sus niveles de estrés y ansiedad se disparan y sus conductas pueden incluso empeorar. La Inclusión Educativa de las personas con TEA debe tener una serie de adecuaciones básicas que conviertan al modelo en válido. Tanto en Autismo como en Asperger estamos obligados a darle al niño herramientas y preparación para poder incluirse, porque me van ustedes a permitir la siguiente afirmación: Quien está obligado a incluirse socialmente es el niño (o niña) con TEA, quien está obligado a dar el paso es el niño con TEA, los demás no lo van ha hacer, lo que podemos -y debemos- conseguir con el grupo mayoritario es concienciar, educar en la diversidad, pero no nos olvidemos, son niños y adolescentes, no un equipo de terapeutas profesionales. Si educamos al resto de niños en la aceptación de la diversidad prepararemos el campo para poder tener una buena cosecha, pero quien deberá sembrar no es el campo, es el agricultor, y en este caso el agricultor es nuestro niño con TEA. La calidad de la formación de nuestro “agricultor” será directamente proporcional a la calidad de la “cosecha”.
Y aquí entra el proceso de formación para la sociedad. El papel de la escuela no es (o al menos yo lo entiendo así) dar terapia al niño con Autismo, el papel de la escuela es formar parte del proceso educativo del niño. El colegio forma parte de la terapia, pero no es la terapia en sí. En un colegio podemos encontrar a estupendos profesionales que trabajen con el niño para conseguir los hitos académicos, para que mejore en su capacidad de comunicación, sociabilidad,…., pero no es su función el dar terapia, son educadores, no especialistas de atención temprana. Quiero con esto eximir de cierto nivel de responsabilidad a los educadores, sobre los cuales parece caer toda la responsabilidad de los avances del niño, y esto es un error. El niño con Autismo debe recibir una Atención Temprana de calidad que lo prepare para el proceso educativo (y por tanto social) de su desarrollo, no podemos pretender que el colegio asuma unas responsabilidades que no le competen, pero sí debemos exigir que asuma íntegramente las que sí son de su competencia. Y quizá aquí este el quid de la cuestión, quien debe hacer qué.
Si tenemos a un niño de tres años de edad, al que recientemente le han diagnosticado autismo y lo llevamos a un colegio (En España se puede escolarizar a partir de esa edad) para pasar la etapa de infantil (parvulario) en un colegio donde podamos tener apoyos adecuados, no vamos a cumplir el objetivo real, que es preparar al niño para todo su proceso posterior, si acaso pondremos pequeños parches, pero no resolvemos. El colegio no es un centro de Atención Temprana donde un niño va a ser intervenido de forma individual, donde se le van a realizar evaluaciones de sus capacidades desde el punto de vista específico del autismo, no se van a diseñar los planes de intervención centrados en las necesidades específicas del niño. Y uso mucho el término específico, porque es así, cada niño va a requerir de un modelo individual de trabajo. No es el colegio donde se va ha hacer esto, pero nos empeñamos en que es es el lugar del niño. Voy a utilizar nuevamente un ejemplo para ilustrar un poco mejor a qué me refiero, tomemos nuevamente a un niño imaginario, le llamaremos Carlos. Bien Carlos tiene ceguera de nacimiento, aunque el resto de sus capacidades son totalmente normales. ¿Que hacen los padres de Carlos? Lo llevan a un centro especializado para niños con discapacidad visual, donde le enseñan a moverse en espacios diversos, le enseñan a leer y escribir en braille, le enseñan a usar un dactilógrafo, a usar un bastón,…, en resumen, le dan una preparación de base para moverse por el mundo. Y en el momento en que Carlos está listo pues al colegio, que es donde debe estar. No obstante, Carlos recibe durante un tiempo determinado el apoyo de un profesional que le ayuda y acompaña durante el proceso de adaptación al entorno del colegio. Y una vez que Carlos ha conseguido dar ese paso, pues sencillamente sigue su vida como cualquier otro niño.
En este ejemplo Carlos no tiene ningún problema más allá de lo visual, y nadie piensa que Carlos esté en un modelo de inclusión educativa, sencillamente Carlos va al colegio como cualquier otro niño. Seguro que Carlos se dará tremendos porrazos, seguro que los compañeros de Carlos le gastarán alguna que otra broma aprovechando su discapacidad visual, pero lejos de pensar que sus amigos son unos sádicos por aprovecharse de la “limitación” de Carlos, sencillamente podemos entender que Carlos se está preparando también para el mundo real, donde este tipo de situaciones le van a pasar siempre, pero Carlos ha convivido con esto desde su infancia y ha aprendido a gestionar estas situaciones.
Bien, pues en el caso del niño con autismo es algo similar, lo que debemos darle es las herramientas y habilidades que le permitan moverse por su entorno, reducir su “ceguera” comunicativa y social de forma que nuestro amigo Manuel pueda aprender a moverse por el entorno, a pesar de que se dará porrazos o que sus compañeros aprovechen sus “carencias” para hacerle bromas. Pero llega un día en que Manuel juega en el patio con sus amigos, con mayor o menor destreza, pero juega, llegará un día en que uno de sus compañeros de colegio desee de motu propio invitar a Manuel a su cumpleaños. Ese día Manuel empezará a estar incluido socialmente. Habremos desincrustado a Manuel del colegio. Si no preparamos a Manuel para el colegio, no pensemos que somos capaces de preparar al colegio para Manuel, esto es utópico. Podemos tener los mejores profesionales del mundo, pero al final, lo que deseamos es que Manuel juegue con sus compañeros de forma natural y no inducida. Deseamos que Manuel sea incluido, luego si saca unas notas extraordinarias o lamentables, eso ya es otra cuestión, creo que el mayor logro académico de un niño con autismo no es que saque matricula de honor en matemáticas (o en lo que sea), su mayor logro es tener amigos.
La inclusión social de las personas con Trastornos del Espectro del Autismo no es fácil, y además requiere del concurso de muchos, desde la implicación de la familia a todos los profesionales que trabajaran junto a ellos. Todo este cúmulo de trabajo ayudará a crear una sociedad mejor, la paradoja de todo esto es que la inclusión debe ser social y no educativa, pero para llegar a ello debemos empezar en los colegios. Pero también es responsabilidad de todos pretender cosas posibles, ojo a lo que pedimos, porque a lo mejor nos lo dan. Seamos muy reflexivos. Ahora se habla mucho de la inclusión en secundaria, yo creo que filosóficamente es precioso, realmente es otra cosa, es poner aulas de educación especial en colegios ordinarios, en lugar de segregar a las personas en centros específicos las segrego en aulas específicas, yo personalmente no le veo la diferencia. Dudo profundamente que un adolescente con un bajo nivel de funcionamiento consiga irse de paseo con sus “compañeros” de curso (Digo de curso y no de clase, ya que va a una clase específica y segregadora) Si Manuel tuviese 14 años por ejemplo, pero un bajo nivel de comunicación y lo llevásemos a un centro educativo donde existiese un aula específica (Y por tanto segregadora), sinceramente ¿ustedes creen que los otros chicos y chicas de 14 años van a perder ni un segundo en hacer algo con Manuel? Yo creo que no, salvo sentir lástima por él y llevarlo de la mano, poco más. Por eso es crucial que podamos entender estos aspectos, que nuestro amigo Manuel tenga acceso a los medios necesarios desde la infancia, para que cuando tenga 14 años pueda ir con chicos y chicas de su edad a hacer cosas fuera del colegio, que es donde está la verdadera sociedad, la sociedad donde pasará el resto de su vida.